VIOLADA Y ASESINADA A LOS 11 AÑOS
El caso de Yanela, ocurrido en Berazategui hace tres años, no es solo una crónica policial; es el crudo testimonio de una violencia que se ensaña con la vulnerabilidad más extrema. Su historia comenzó con un acto cotidiano —un recado para su madre, el reparto de unos cosméticos— y terminó en el hallazgo de un horror que la justicia aún intenta procesar.
El rastro perdido
Aquel 24 de febrero, Yanela salió de su casa vestida con la inocencia de su edad: calzas negras florecidas y una remera blanca. Lo que sucedió después de que cruzara el umbral de su hogar sigue siendo un rompecabezas de versiones; mientras su familia denunció la desaparición de inmediato tras el fallido recado, otros indicios sugerían tensiones domésticas previas. Sin embargo, como bien señala el análisis del caso, el motivo de su salida resulta hoy irrelevante frente a la magnitud del desenlace.
La pedagogía del horror
Siete días después de su desaparición, la búsqueda terminó de la peor manera. Las pericias revelaron que Yanela sobrevivió varios días al secuestro, sufriendo un calvario de abusos y torturas sistemáticas que culminaron en un empalamiento. Este nivel de ensañamiento evoca lo que la antropóloga Rita Segato define como la "pedagogía de la crueldad": el uso del cuerpo femenino —en este caso, el de una niña en el umbral de la pubertad— como un territorio para escribir mensajes de poder y brutalidad.
Un desprecio final
La crueldad de sus captores no terminó con su último aliento. El cuerpo de Yanela, aquel que empezaba a transformarse con la promesa de la vida, fue tratado por sus asesinos como un residuo.
El descarte: Para deshacerse de las pruebas, los responsables redujeron su cuerpo a un volumen mínimo, atándolo con alambres.
El hallazgo: Fue encontrada dentro de una bolsa de consorcio, donde apenas se reconocían los jirones de su ropa blanca y negra entre los restos de la violencia.
La memoria de Yanela permanece hoy como una herida abierta, un recordatorio de la urgencia de proteger a quienes, en el trayecto de un simple mandado, terminan convirtiéndose en víctimas de un odio que la sociedad aún no logra erradicar.


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